Microrrelato: Pequeños placeres

Pequeños placeres

En casa la ropa siempre la tiendo yo. Es como mi pequeño gran logro de cada día. Tengo un ritual infalible: primero quito las pelusas que se hayan podido pegar tras lavar las prendas y les doy esa pequeña sacudida que resuena en todo el lavadero, fuerte, con firmeza. Luego les doy la vuelta, lo último que quiero es que el color se estropee. Agarro la cuerda entre mis manos y estiro completamente la prenda sobre ella, que quede simétrica, sin un pliegue. También uso perchas para mis camisas, que quedan perfectamente desplegadas en los costados del tendedero. No renuncio a las pinzas, pero solo utilizo las de plástico que hacen menos arrugas. Las pongo siempre en las costuras aprovechando el revés de la prenda, poniendo cuidado al apretar. El detalle final es dejar hueco para que la luz pueda pasar libremente, dejando ver esas partículas de polvo que parecen estar bailando con los botones y las cremalleras. Alguna vez tengo la tentación de abrir la ventana y dejar que el aire seque la ropa más rápido, pero sé que la radiación estropearía las prendas. Así que vuelvo a mi sitio y espero pacientemente a que todo pase.

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