Relato: Suspicious minds

Este es el primer relato que he escrito para el taller de de literatura fantástica. Se trata de un relato de tema libre que escribí basándome en una experiencia personal. Ahora que se cumple el aniversario de la muerte de Elvis, es buen momento para recordarlo.

SUSPICIOUS MINDS

Why can’t you see
What you’re doing to me
When you don’t believe a word I say?

Elvis Presley

¿Os gusta conducir de noche? Hay quien lo ama y quien lo odia. Creo que tiene que ver con la edad. Ahora lo odio y antes iba donde fuese y a la hora que fuese. A mi amigo Juan le encantaba, aunque creo que ahora él diría que no le gusta conducir de noche. Motivos tiene, desde luego.

Hace unos años me contó una historia que le pasó en Irlanda. Era un viernes de agosto, a mitad de mes. Juan había tenido que llevar a su hermana al aeropuerto de Dublín desde Dingle, en la otra punta del país, a unos 340 kilómetros. En vez de quedarse a dormir, había decidido volver el mismo día, ya que al día siguiente tenía que trabajar. Estando a medio camino le pareció una buena idea cambiar de planes, abandonar la autopista, ir hasta Tipperary y lanzarse a recorrer las carreteras comarcales irlandesas con la única ayuda de un mapa y su sentido de la orientación.

No hace falta que os diga que las cosas no siempre son como queremos ni cuando queremos. Juan empezó bien. Estaba tranquilo mientras las indicaciones le sonaban y había luz. Lo que no se podía imaginar es que Irlanda de noche es muy oscura. Allí no ves nada y menos con las luces de aquel cacharro prestado en el que iba. Llegó un momento en el que la única iluminación que encontraba era la del pub de pueblo que iba atravesando. Estuvo tentado de parar en alguno y buscar alojamiento, pero su orgullo y testarudez eran más fuertes. Así que siguió conduciendo un par de horas más, ya bien entrada la noche, totalmente perdido y sin encontrar ninguna referencia. Es gracioso, pero Juan se acuerda muy bien de ese viaje porque había un especial en la radio por el aniversario de la muerte de Elvis. El Rey era lo único que sonaba sin interrupciones en la radio del viejo Renault con matrícula francesa perdido por el sur de Irlanda.

Un nuevo problema se presentó cuando se encendió la luz de la reserva. Tenía algo de margen, pero no toda la noche y menos cuando allí no había nada, ni pubs, ni gasolineras, ni B&Bs.  Solo caminos medio asfaltados y estatuas religiosas. Hay algo tétrico en esas carreteras llenas de curvas y oscuridad, en las que te encuentras de repente una estatua de dos metros del Cristo Crucificado o la Virgen María. Juan ya estaba de los nervios, tanto que se puso a gritar para no dormirse…o vete a saber para qué.

Mirad, no sé qué parte es alucinación o qué parte es mentira, pero creo que lo que este hombre me contó a continuación era tan cierto para él como el sol. Hubo un momento en que tuvo que parar porque los nervios lo estaban dejando atenazado. No sabía dónde estaba y su única compañía era la música de un tío muerto hacía 25 años. Se hizo a un lado de la carretera para revisar el mapa por enésima vez. Al desplegarlo sobre el volante volvió a repasar con cuidado todos los pueblos que había dejado atrás desde que había salido de Tipperary, intentando encontrar el punto exacto en el que había perdido el rumbo. Fue apenas un segundo, como una sombra que pasa fugaz y que solo percibes cuando se ha ido. Allí fuera en la ventana del copiloto había un tipo mirándole. Juan gritó con el corazón en la garganta, como si se fuera a desparramar encima del salpicadero. Echó el mapa a un lado e intentó agarrar las llaves sin éxito. Estaba petrificado, no podía creer lo que veían sus ojos. Un golpecito en la ventana, esta vez en la suya, le hizo revolverse de nuevo. Había alguien ahí, sí. Una persona tangible y real, vestida de manera estrafalaria, como si viniese del estreno de El señor de los anillos. Pero estaba ahí.

Juan intentó calmarse. Estaba desorientado, era posible que estuviese cerca de un pueblo, como algunos de los que había pasado anteriormente. Armado de valor o de una estupidez suprema, bajó la ventanilla hasta lo suficiente para poder hablar.

– Bonita noche, señor. ¿Le gusta Elvis? — desde luego no esperaba esa pregunta. Era una persona pequeña, de mediana edad, con cara afable y mucho pelo y que no paraba de sonreír. — Estaba dando un paseo aprovechando esta noche tan espléndida y no he podido evitar acercarme. Qué gran canción es “Suspicious minds”, ¿verdad? Todos sospechamos de alguien en algún momento. Usted de mí, por ejemplo. Y lo entiendo, no se preocupe. Yo no quería molestarle, pero estaba usted tan ocupado con su mapa… además de escuchar a Elvis tiene pinta de estar perdido, ¿no es cierto?

Juan se quedó callado mirando a este personaje salido de ninguna parte que le hablaba de canciones en la orilla de una carretera perdida.Hola, sí…voy camino de Dingle y no conozco … no sé dónde estoy.

Está de suerte, señor. Farranfore está apenas a dos millas en esta misma dirección. Allí puede incorporarse a la carretera principal.

¿En serio? — pregunté sin creérmelo del todo. — He estado buscando esa salida durante horas.

– Yo no le mentiría — dijo guiñando un ojo – Vaya tranquilo, sin miedo.

Juan tardó en reaccionar, pero a los pocos segundos se volvió para coger el mapa arrugado en el asiento del copiloto y lo lanzó a los asientos de detrás.

– Muchas gracias, amigo. Quiere que …

Allí ya no había nadie. Salió fuera con rapidez y, casi con la vergüenza que camufla el miedo, llamó al buen samaritano que acaba de echarle una mano. Lo único que se podía escuchar era la voz que de la radio que anunciaba que el programa estaba a punto de terminar. Juan se montó de nuevo en el coche sin hacerse demasiadas preguntas, pero con la seguridad de que no había error posible y de que esta vez ese sí estaba en el camino correcto.


2 respuestas a “Relato: Suspicious minds

    1. Gracias, Paqui! Iré publicando relatos para estos cursos. De momento llevo 10, de unos 24 que vamos a escribir. Tampoco sé si es talento exactamente, soy un poco juntaletras, pero me lo paso bien.

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