Relato: Ciudadano Rotili

El segundo relato para el taller de ciencia-ficción consistía en plantear una premisa verosímil, por muy extraña que pudiera parecer. En este caso yo opté por una sociedad a la búsqueda de la vida eterna a través de diferentes trasplantes e implantes. Esto no es ninguna novedad, pero se me ocurrió hacerlo a raíz de un par de noticias sobre la posibilidad de crear humanos mejorados con la biotecnología: el transhumanismo. El relato debía tener una extensión de unas 1000 palabras.

CIUDADANO ROTILI

La notificación le llegó con un parpadeo silencioso, pero insistente. Pidió al vehículo que le leyera el mensaje con voz desganada, mientras seguía trabajando en el proyecto interdepartamental que se le había asignado hacía unas semanas. Estaba sentado en el asiento de asiento de atrás, vestido con su traje claro ya algo arrugado. Daba la impresión de ser un hombre de mediana edad, fuerte, pero con claros signos de cansancio.

Ciudadano Matteo Rotili. Le informamos que se le ha diagnosticado Creutzfeldt-Jakob, variante R35. Desde el DCS consideramos que la única solución posible es el trasplante de cerebro. Dicha intervención se realizará con carácter urgente por lo que estamos dirigiendo su vehículo hacia nuestras instalaciones.

Matteo levantó la vista para asimilar el mensaje del Departamento Ciudadano de Salud. Sus últimos trasplantes no habían sido hacía tanto tiempo, al contrario. Sus manos, apenas restauradas hacía unos meses atrás; sus rodillas eran bastante más antiguas, algo desgastadas, le sorprendía que hubieran pasado la última Revisión Ciudadana. Corazón, estómago, hígado, pulmón… todo estaba en perfecto funcionamiento. La visión se había deteriorado como consecuencia de alguna extraña anomalía, de origen incierto, aunque no se descartaba el contacto con los naturales, en las afueras del Sector 23.

En la pantalla central se sucedían los mensajes informándole de su retirada del proyecto hasta su vuelta y deseándole una pronta recuperación. La ventanilla le iba dando diferentes consejos para la intervención a la que debía someterse de forma tan inesperada, pero Matteo estaba más pendiente de lo que había fuera. Le gustaba ver la ciudad en armonía consigo misma, bien distribuida con la mezcla justa de espacios verdes y edificios de trabajo. En uno de esos edificios había nacido hacía ya 190 años. Entonces aún quedaban naturales en la Ciudad, al menos hasta la implantación definitiva del DCS, la única solución posible en aquellos tiempos de incertidumbre.

Matteo tenía amigos en su infancia que no se convirtieron en ciudadanos. No recordaba sus nombres, apenas sus rostros.  Casi todo el material audiovisual registrado en los almacenamientos de la nube había desaparecido. Esos amigos naturales, aquellos que se negaron a ser mejorados, prefirieron la muerte y la enfermedad fuera de la Ciudad. Ya no importaba. Ya no existían, asesinados por contrabandistas de órganos o pasto de las alimañas que campan a sus anchas más allá del Sector 23, o simplemente fallecidos a los 70 u 80 años por causas naturales. Las causas que ellos habían elegido.

El vehículo se detuvo con suavidad ante la clínica del Sector 9. La monopuerta se abrió ante la señal establecida de una forma enérgica pero silenciosa. Matteo salió del vehículo con la parsimonia habitual que demostraba en su vida diaria y ni siquiera se inmutó cuando el vehículo retomó la marcha. Los colores blancos y azulados del edificio que tenía frente a él no desentonaban con el resto de su entorno. Fue recibido por una voz andrógina que le daba la bienvenida a la clínica del Sector 9 y le instaba a dirigirse directamente a la sala de acogida. Todas las clínicas eran parecidas, incluso el personal que trabajaba allí lo era, así que no le fue complicado atravesar la entrada principal donde la única distracción eran los distintos monitores que transmitían noticias sobre las mejoras en el nuevo biogel, la nueva tendencia en alimentos probióticos o las ofensivas contra los naturales en los sectores limítrofes de la Ciudad. El acceso a la sala de acogida fue rápido y sencillo a través del análisis de retina. Allí le esperaba una ciudadana que se presentó como Parker. Le explicó el procedimiento con la amabilidad y la cercanía características de los trabajadores de una clínica del DCS. No había datos confusos ni razón alguna para preguntar cualquier duda, ni motivo para preocuparse.


— Tengo una pregunta — lanzó casi como un disparo Matteo a la ciudadana Parker. Esta le miró con cierta sorpresa. Parecía muy joven, seguramente no tendría más de 100 años. — No estoy muy seguro de querer someterme a esta cirugía.

La confusión ahora sí se hacía más visible en el rostro de la ciudadana. Dudó algo en responder, pero lo hizo con la cortesía esperada.

— Todos sus otros trasplantes han sido un éxito, ciudadano Rotili. Usted es un miembro muy importante de la ciudad y nos gustaría seguir contando con usted. No hay ninguna razón para suponer que algo pueda salir mal…

— Sé que todo va a funcionar como siempre lo ha hecho. Los ciudadanos del DCS son unos profesionales perfectamente capacitados, pero un trasplante de cerebro… — Matteo tomó aire — ¿seguiré siendo Matteo Rotili cuando todo mi cuerpo sea reemplazado? ¿Seguiré siendo yo mismo?

La ciudadana Parker cambió a un rostro más serio mientras enviaba un mensaje al servicio de psicología, como indicaba el protocolo.

— Ciudadano Rotili, su cerebro está enfermo. Si no acepta esta intervención, usted dejará de ser útil para la Ciudad y se convertirá en un cargo inaceptable para alcanzar nuestro objetivo. Me pregunta si dejará de ser el mismo, pues bien, su pregunta no tiene sentido porque usted ya no es el ciudadano Rottili que nació en el Sector 6 hace 190 años. Nadie lo es. El cambio de cerebro solo significa que podrá seguir operando como hasta ahora y seguir siendo un miembro efectivo de nuestra sociedad — hizo una pequeña pausa mientras veía acercarse al personal del servicio de psicología —. Los ciudadanos aspiramos a la inmortalidad, el viejo sueño de la humanidad está en nuestras manos. Negarse a esta intervención es negarse a formar parte de este proyecto y su expulsión para siempre de la Ciudad. ¿Es lo que desea, ciudadano Rotili?

Matteo se quedó callado mirando por la ventana de la sala de acogida tan blanca y azulada como el resto del edifico, como el resto de su mundo. No tardó en notar la presencia amenazante del servicio de psicología que le esperaba fuera. Matteo sabía que el nombre de este servicio no era más que un eufemismo de algo ya desaparecido y también sabía que se lo iban a llevar hiciera lo que hiciera. El protocolo era muy claro en ese aspecto

— Ciudadana Parker, no puedo negarme a formar parte de ningún sueño de la humanidad porque perdimos esa humanidad hace mucho tiempo — estas fueron las últimas palabras de Matteo, casi como el último deseo de un condenado a muerte. En realidad, eso era justamente lo que iba a ser.

Se levantó sin añadir nada más y siguió a los integrantes del servicio de psicología por un pasillo interior poco iluminado. Mientras tanto, la ciudadana Parker procedía a cerrar el expediente de Matteo Rottili, ex – ciudadano.


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