Microrrelato: Iracundo

free background photos from pngtree.com

IRACUNDO

El primer ataque fue devastador.

Nadie lo vio venir.

Árboles y farolas arremolinadas junto a la rotonda de la estación de tren, mientras vehículos de todo tipo eran arrastrados hasta unos camiones de gran tonelaje. Pronto el asombro pasó a la estupefacción cuando el edificio más grande de la calle quedó arrancado de cuajo encima del parque infantil.

Solo cuando el asfalto empezó a desencajarse y a enrollarse como una manguera, solo entonces, tomamos consciencia de que Daniel se había enfadado de verdad y se llevaba todo el juego a su casa.

Microrrelato: Pequeños placeres

Pequeños placeres

En casa la ropa siempre la tiendo yo. Es como mi pequeño gran logro de cada día. Tengo un ritual infalible: primero quito las pelusas que se hayan podido pegar tras lavar las prendas y les doy esa pequeña sacudida que resuena en todo el lavadero, fuerte, con firmeza. Luego les doy la vuelta, lo último que quiero es que el color se estropee. Agarro la cuerda entre mis manos y estiro completamente la prenda sobre ella, que quede simétrica, sin un pliegue. También uso perchas para mis camisas, que quedan perfectamente desplegadas en los costados del tendedero. No renuncio a las pinzas, pero solo utilizo las de plástico que hacen menos arrugas. Las pongo siempre en las costuras aprovechando el revés de la prenda, poniendo cuidado al apretar. El detalle final es dejar hueco para que la luz pueda pasar libremente, dejando ver esas partículas de polvo que parecen estar bailando con los botones y las cremalleras. Alguna vez tengo la tentación de abrir la ventana y dejar que el aire seque la ropa más rápido, pero sé que la radiación estropearía las prendas. Así que vuelvo a mi sitio y espero pacientemente a que todo pase.

Micorrelato: La ventana del último piso

undefined

La ventana del último piso

Todo el mundo desea que las cosas salgan bien, al menos para uno mismo. Mañana iba a pasar por el quirófano por tercera vez en dos meses. No había querido decírselo a nadie esta vez, era algo que sobraba en ese momento. Y es que todas sus conversaciones sabían a despedida desde hacía un tiempo.

La enfermera se acaba de ir y lo había dejado solo en aquella habitación en la planta más alta del hospital. Las vistas eran lo mejor, sin duda. Desde allí se podía ver la casa de sus padres, su trabajo, incluso la calle donde se había mudado Pilar después de dejarlo.

Quiso colocar sus pocas pertenencias en el armario 2, el que le habían asignado a pesar de no haber ningún paciente ocupando el 1. La última vez había tenido un compañero muy gracioso que le hacía reír todo el tiempo. Esta vez tendría que conformarse con mirar por la ventana. Podía seguir viendo detalles de la ciudad que iban apareciendo de repente, como por arte de magia. Era un espectáculo sorprendente, tanto que apenas se daba cuenta de cómo desaparecía su imagen en el cristal hasta no ser más que un recuerdo.